El cine comercial, con el fenómeno de “Barbenheimer”, y el independiente tuvieron estrenos estupendos, un recordatorio de que ver películas es más que la industria, sus crisis y convulsiones.
Por Manohla Dargis y Alissa Wilkinson.
MANOHLA DARGIS
Una recompensa emocionante
He tenido un año cinematográfico estupendo, ¿y tú? He visto cientos de películas nuevas con una gran variedad de tramas y estilos, realizadas en todas las escalas y con todos los presupuestos imaginables. Algunas fueron de recién llegados como A.V. Rockwell y otras del siempre renovado Martin Scorsese. Algunas ya las conoces o las conocerás, mientras que otras apenas hicieron ruido. Algunas fueron lanzadas por productoras independientes como A24 y la pequeña KimStim; otras vinieron de empresas de tecnología y otras de lo que ahora se suelen llamar estudios legacy, un término vagamente elogioso que sugiere influencia pero también obsolescencia.
El cine ha estado ostensiblemente a las puertas de la muerte al menos desde el cambio al sonido sincronizado, lo cual no quiere decir que se subestimen los problemas comerciales de la industria. Cuando empezó el año, todavía se estaba recuperando de los cierres y retrasos forzados causados por la pandemia. “Mientras comienza 2023, la preocupación y el miedo persisten tras un año turbulento”, se inquietaba The Hollywood Reporter, calificando a los altibajos de la taquilla de 2022 como “dramáticos”. Sin embargo, algunos analistas de Wall Street se mostraron optimistas respecto a la experiencia de ir al cine. “Estamos viendo un resurgimiento del interés por los cines”, le dijo un analista a Yahoo a finales de enero. Yo acababa de regresar de la gran cantidad de opciones disponibles en el Festival de Cine de Sundance y también me sentí optimista.
A medida que el invierno dio paso a la primavera y el verano, varias de mis películas favoritas habían sido estrenadas en los cines y había visto el preestreno de otras tantas en Cannes, donde nuevamente me animé por lo que había visto. Al mismo tiempo, la seguidilla de preocupantes noticias de la industria continuó cuando el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos (WGA, por su sigla en inglés) se declaró en huelga el 2 de mayo y varias películas taquilleras consideradas apuestas seguras no lograron atraer al público a las salas de cine. Indiana Jones y el dial del destino estaba “maldita”, leía un titular; Misión: Imposible – Sentencia Mortal Parte 1 no cumplió con las expectativas”, decía otro. Los lamentos en la prensa especializada dieron paso a las bocinas de claxon cuando gran parte del gremio de actores de la SAG-AFTRA se declaró en huelga el 14 de julio. Dos días después, Barry Diller, quien en su día dirigió Paramount, advirtió que las huelgas podrían llevar al “colapso absoluto” de la industria. Cinco días después se estrenaron Barbie y Oppenheimer.
Ese fenómeno apodado Barbenheimer fortaleció las taquillas, terminaron las huelgas y aquí estamos. Resulta tentador repetir el axioma de William Goldman de que “nadie sabe nada” y dejarlo así. Excepto que este año también nos ha recordado algunas cosas que hemos sabido desde hace tiempo, como que las directoras pueden hacer cualquier tipo de película, desde las de escala íntima hasta las producciones más grandes que se convierten en éxitos monstruosos. Este año también nos ha recordado que el público masivo está dispuesto a salir de casa para ver películas sin superhéroes. Y, en ocasiones, no acudirá a ver películas con ellos, lo que fue evidente tras decepciones tanto de los estudios DC como Marvel cuando Ant-Man and the Wasp: Quantumania, ¡Shazam!: La Furia de los Dioses, Flash, Blue Beetle y The Marvels tambalearon en los cines.
Otras tres palabras que aparecieron regularmente en las noticias este año fueron “fatiga de superhéroes”, lo que no debería haber sorprendido a absolutamente nadie. El antiguo Hollywood abrazaba con beneplácito las películas de género, pero también apostaba por la variedad, produciendo musicales, westerns, dramas, comedias, epopeyas históricas, historias de detectives y gángsters e híbridos de géneros. Algunas eran intercambiables; otras tenían historias nuevas, estilos visuales distintivos y toques autorales. Ahora, sin embargo, los grandes estudios se dedican sobre todo a las franquicias de acción y aventuras y a los seriales; apuestan por la similitud, no por la variedad. Al 30 de noviembre, la mitad de los 20 estrenos nacionales más taquilleros de este año pertenecían a la categoría de acción y aventuras, incluido un puñado de películas de superhéroes.
El éxito masivo de Barbie y Oppenheimer se ha atribuido a factores tan diversos como el momento oportuno, la originalidad, la capacidad de convertirse en memes y el miedo de la gente a perderse la tendencia. Sean cuales sean las razones de su éxito —el talento también jugó un papel— estas películas demostraron que aquellos analistas de Wall Street que apostaban por el cine estaban en lo cierto. Eso es lo que nos ha recordado este año, y lo que yo recuerdo cada semana: ¡las películas pueden ser geniales! Pueden adoptar géneros, jugar con ellos, trascenderlos. Sus historias y su narración pueden ser diversas, su calidad emocionante, su arte transportador. El cine es algo más que la industria, sus crisis y convulsiones. En 1951, David O. Selznick, el productor de Lo que el viento se llevó, lamentaba que “podría haber habido buenas películas si no hubiera habido industria cinematográfica”. El caso es que siempre ha habido buenas películas a pesar de la industria pero, claro, yo soy una optimista desvergonzada: soy crítica de cine.
A continuación, mis películas favoritas del año, todas las cuales se estrenaron (o se estrenarán) en cines en Estados Unidos.
1. Los asesinos de la luna (Martin Scorsese)

En esta desgarradora epopeya, Scorsese revisita una ola de crímenes letales perpetrados por estadounidenses blancos —amantes y amigos, rancheros y banqueros, policías locales y guardianes designados por el gobierno federal— contra miembros de la Nación Osage, ricos en petróleo. El centro emocional es una historia terriblemente cruel de amor y traición, una conspiración barroca alimentada por la codicia y una creencia inquebrantable en la superioridad blanca. La doctrina del destino manifiesto hace una excelente película de gángsters. (En cines)
2. Oppenheimer (Christopher Nolan)
Con su habitual detallismo puntillista y su barrido de cámara monumental, Nolan sigue la pista de J. Robert Oppenheimer, el llamado “padre de la bomba atómica”, desde su tortuosa juventud hasta sus angustiosos años posteriores. Gran parte de la película gira en torno al papel de Oppenheimer en la investigación y el desarrollo de las bombas atómicas que se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial, catástrofes que definieron el mundo y que acabaron con la vida de entre 100.000 y 200.000 personas y contribuyeron a dar paso a nuestra era de autoaniquilación y dominación humana. (En cines)
3. Menus-Plaisirs – Les Troisgros (Frederick Wiseman)

En esta película profundamente placentera, Wiseman se centra en la familia Troisgros, una dinastía de chefs franceses. Gran parte de la película transcurre en su célebre restaurante-hotel en el Loira, donde el paterfamilias supervisa a un equipo que, con amor, ingenio, coreografía, técnica sublime y consideración por el mundo en general, crea un asombro tras otro para el deleite y deleitación de los demás, al igual que el genio detrás de la cámara. (En cines)
4. Occupied City (Steve McQueen)
En su sorprendente y formalmente riguroso documental de cuatro horas y media, este director británico (12 años de esclavitud) utiliza escenas cotidianas de la Ámsterdam contemporánea para cartografiar —calle por calle, dirección por dirección—el desastroso destino de la población judía de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. La película fue escrita por Bianca Stigter, esposa de McQueen, y se inspira en su libro Atlas of an Occupied City: Amsterdam 1940-1945. (Estreno el 25 de diciembre en cines)
5. A Thousand and One (A.V. Rockwell)

En su impactante ópera prima, Rockwell sigue a una mujer joven (una maravillosa Teyana Taylor) a lo largo de los años —empieza a mediados de la década de 1990— mientras cría a su hijo en una Nueva York que se está gentrificando rápidamente. Rockwell nació y creció en Queens, y tiene un profundo sentimiento por la ciudad y la gente que, lejos de los pasillos del poder y a pesar de los ataques de los mercenarios rapaces del poder, siempre han dado a Nueva York su alma. (Ver en Prime Video)
6. Asteroid City (Wes Anderson)
En el pequeño pueblo ficticio del suroeste de EE.UU. donde transcurre gran parte de esta película, los mundos chocan, una historia de amor (o tal vez dos) florece y se desvanece, los niños son más listos que los adultos y un extraterrestre hace un sorprendente aterrizaje. Con destreza y complejidad, ternura y tono inexpresivo, técnica meticulosa y colores fascinantes, Anderson juega con diferentes medios y artes escénicas para este relato sobre la forma de contar historias que es irónica, cómica y trágica. (En streaming en Peacock)
7. Secretos de un escándalo (Todd Haynes)
En esta inquietante y perversa película sobre ese performance llamado vida, una actriz, Elizabeth (Natalie Portman), visita a la inspiración para su próxima película. Se trata de Gracie (Julianne Moore), una ama de casa a la que le gusta hornear pasteles y que resulta ser una exconvicta, tras haber sido encarcelada por mantener relaciones sexuales con un menor de edad con el que luego se casó (un estupendo Charles Melton interpreta a su trágico marido). Las cosas se complican mucho, y luego se vuelven abrumadoramente tristes. (Ver en Netflix)
8. Showing Up (Kelly Reichardt)

La última película de Reichardt sigue a Lizzy (una delicadamente mesurada y reveladora Michelle Williams), una escultora de Portland, Oregón, quien prepara una nueva exposición en una galería mientras lidia con sus amigos, su familia, su gato malicioso y una paloma herida. Para Lizzy, hacer arte es un acto de autocreación y una forma de ser, lo que sospecho que significa que esta encantadora y modesta película es también una especie de autorretrato de la directora. (Disponible para renta en las principales plataformas)
9. Orlando: Mi biografía política (Paul B. Preciado)
En este documental ensayístico, Preciado —filósofo y activista transgénero nacido en España que hace su debut como director —utiliza la novela Orlando: una biografía de Virginia Woolf como trampolín para explorar las complejidades y las múltiples jaulas de la identidad. Basándose en una amplia gama de fuentes y con la ayuda de 20 intérpretes trans y no binarios, Preciado ha creado una película que es juguetona, urgente y tan intelectualmente inspiradora como emocionalmente estimulante. (En cines)
10. Stonewalling (Huang Ji y Ryuji Otsuka)
Es el año 2019 cuando este sobrio y formalmente riguroso drama comienza y la dolorosamente joven Lynn (Yao Honggui) se enfrenta a una serie de obstáculos desalentadores, entre los que se incluyen su novio corrupto, unos padres pendencieros, la falta de trabajo y un futuro incierto. Al final de la historia, estamos a principios de 2020, todo el mundo lleva cubrebocas y Lynn está agotada, después de haber probado todo tipo de trabajos y negocios imaginables. También está embarazada, y ahora tiene algo de valor para intercambiar. (Disponible en Criterion)
Diez más: All Dirt Roads Taste of Salt, Earth Mama, Hojas de Otoño, Ferrari, John Wick 4, Past Lives, R.M.N., Scarlet, Fuego Fatuo, Youth (Spring).
ALISSA WILKINSON
Donde reside el mal
Este fue el año del mal en el cine: un mal desgarrador, escalofriante y ordinario. No se puso capas de villano, ni llegó a menudo en el esperado paquete de una película de terror. Por eso fue tan aterrador.
Las películas de este año plantearon que el opuesto del mal no es la bondad, sino la realidad. El mal fue algo con lo que los hombres de ciencia, como J. Robert Oppenheimer, tuvieron que luchar, dándose cuenta de que cuando el universo físico se cruza con la ética humana, ninguna decisión puede ser realmente neutral. En Cannes se habló del mal en la rueda de prensa posterior a Asesinos de la luna, una película sobre lo brutal que puede llegar a ser la civilización. En Zona de interés, la maldad indescriptible es ocultada, voluntariamente, por personas que solo se dedican a sus quehaceres cotidianos. El lenguaje burocrático y el eufemismo los previenen de tener que reconocer los horrores que están perpetuando.
De hecho, la forma en que el lenguaje puede enmascarar y producir el mal — especialmente del tipo banal que surge del autoengaño— estuvo presente en muchas de las películas de este año. La jugosa película Secretos de un escándalo, de Todd Haynes, está cargada con la ceguera voluntaria por parte de unos personajes que ni siquiera pueden formar las palabras para decir la verdad sobre sus vidas. Anatomía de una caída, de Justine Triet, toma como punto de partida un matrimonio construido sobre un compromiso lingüístico —los cónyuges se comunican en inglés, una segunda lengua para ambos—para contar una historia sobre la violencia cotidiana causada por palabras descuidadas, ya sea en el juzgado o en la sala. Y tal vez la más fuerte y atrevida de ellas sea Reality, que utiliza una transcripción real de un interrogatorio para mostrar la maleabilidad de las palabras, la forma en que el poder y la justicia pueden ser distorsionadas para manipular la realidad.
Cuando el gran novelista Cormac McCarthy, que no era ajeno al cine, murió este año, me encontré pensando en él porque su visión del mal estaba mucho más en línea con estas representaciones que los villanos de caricatura que Hollywood suele ofrecer. Para McCarthy, el mal era una fuerza o un ser que acechaba a la humanidad, el hecho básico de la condición humana, casi imposible de resistir y arraigado de algún modo en el lenguaje. En su novela The Crossing de 1994, un personaje dice que “los malvados saben que si el mal que hacen es lo suficientemente horrible, los hombres no hablarán en su contra”. De hecho, “los hombres apenas tienen suficiente estómago para los males pequeños y solo a éstos se opondrán”.
Si está en lo correcto, esa puede ser la razón por la cual el antídoto contra el mal cinematográfico se puede encontrar en las personas que se dirigen palabras sanadoras entre sí, enfrentándose juntas a la verdad. Las parejas protagonistas de La memoria infinita y American Symphony, los capellanes de A Still Small Voice, la familia de You Hurt My Feelings… todas son personas que han descubierto que, en medio de un mundo imposible, lo que nos permite seguir adelante es comunicarnos unos con otros.
Cualquier forma de arte es capaz de explorar la naturaleza del mal. Pero hay algo sobre el cine —inmersivo, limitado en el tiempo, que afecta a varios sentidos a la vez— que lo hace especialmente adecuado para esta tarea, ya que el mal es algo que se identifica más fácilmente en las entrañas que en la mente consciente. En un mundo cada vez más alejado de la realidad, en el que apenas si podemos confiar en lo que vemos con nuestros propios ojos, el mal flota libremente. Quizás el cine pueda darnos un lenguaje para afrontarlo con valentía.
1. Asesinos de la luna (Martin Scorsese)
Desde el principio de su carrera, Scorsese ha estado obsesionado con la culpa: ¿Qué significa ser culpable? ¿Hay alguien realmente inocente? ¿El perdón es posible, o es solo una fantasía conveniente? Los asesinos de la luna, con sus múltiples matices, ofrece quizás su más amplia interpretación del tema hasta la fecha, partiendo de la firme creencia de que la culpa es generacional, al igual que el dolor, y que contar la historia (en este caso, del asesinato sistemático de los miembros de la tribu Osage) es a la vez tenso e imposible de evitar. (En cines)
2. Past Lives (Celine Song)

De vez en cuando, una película discreta e impresionante de un director debutante (en este caso, la dramaturga Celine Song), llega temprano en el año, te agarra por el corazón y no te suelta. A mí me ocurrió en Sundance, en enero, con Past Lives, acerca de una mujer (Greta Lee) que contempla las vidas que podría haber tenido y las decisiones que dieron lugar a la que sí tiene. Con Teo Yoo y John Magaro como magníficos coprotagonistas, es brillante y conmovedora, una examinación del destino, la oportunidad, el amor y el hilo invisible que une un alma a la otra. (En renta en las principales plataformas)
3. Zona de interés (Jonathan Glazer)
Basada libremente en una novela de Martin Amis, Zona de interés estremece por omisión, y su significado está contenido en lo que no aparece en la pantalla. La historia gira en torno a la familia de Rudolf Höss (Christian Friedel), comandante de Auschwitz, que vive una vida idílica con su familia justo fuera de los muros del famoso campo de exterminio. Su esposa (Sandra Hüller) dirige un hogar apacible, mostrando con orgullo su vida a su madre cuando la visita. Pero puedes oír, y casi oler, lo que ocurre más allá del muro. Es una examinación nauseabunda y formalmente audaz sobre hasta qué punto los seres humanos pueden cegarse (y lo hacen) voluntariamente ante el mal. (Estreno en cines el 15 de diciembre)
4. Reality (Tina Satter)

Reality está protagonizada por Sydney Sweeney en el papel de Reality Winner, la extraductora de la NSA encarcelada por filtrar información sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016. Adaptada de una obra de teatro también escrita y dirigida por Satter, el diálogo es una transcripción literal (y a veces censurada) del interrogatorio de Winner en su casa por parte del FBI antes de ser arrestada. Sweeney es increíble en el papel, el ancla de un furioso thriller real. Pero lo que destaca es la forma en que Reality nos obliga a cuestionarnos lo que es real a varios niveles: no solo si un gobierno es digno de confianza y cuándo lo es, sino también cuándo el lenguaje oscurece deliberadamente la realidad, y si la propia película es ficción, documental o algo situado incómodamente en la zona gris intermedia. (Disponible en Max)
5. A Still Small Voice (Luke Lorentzen)
Al principio de la pandemia, en el hospital Mount Sinai de Nueva York, un grupo de capellanes residentes atiende a los pacientes y a sus familias mientras lidian con su propio duelo y miedo. El documental observacional de Lorentzen (rodado en gran parte por él mismo) sigue a una residente, Mati, y a su supervisor. El idealismo de Mati se pone en tela de juicio cuando aconseja a personas de todas las religiones y de ninguna en particular, mientras al mismo tiempo experimenta su propia crisis de fe. La naturaleza de la misericordia, la mortalidad y la fe ante un dolor inimaginable hacen que, de algún modo, esta sea una película esperanzadora, aunque es una esperanza ganada a pulso. (En cines)
6. Oppenheimer (Christopher Nolan)
Oppenheimer, la mitad del mayor acontecimiento cinematográfico del año, es en esencia una examinación del poder, tanto en el sentido geopolítico como en el atómico. La elección de Nolan de dividir la película en dos actos generadores de poder, la fisión y la fusión, subraya este punto: aunque la película trata en gran medida del Proyecto Manhattan y del compromiso moral al que se enfrenta Oppenheimer, también trata de las mezquinas batallas del hombre por adquirir poder sin considerar el futuro. Nolan está obsesionado con la interacción entre lo científico y lo humanista, por lo tanto es una combinación perfecta. (En renta en las principales plataformas)
7. Smoke Sauna Sisterhood (Anna Hints)

Varias películas buenas y mucho más populares de este año —Barbie, Pobres criaturas— relataron viajes de mujeres para convertirse en sus propias heroínas en un mundo todavía sesgado hacia el patriarcado. Pero el documental estonio Smoke Sauna Sisterhood es el que más se me ha quedado grabado. Las mujeres se reúnen en un sauna de humo (vemos sus cuerpos desnudos y bien encuadrados, filmados de cuello para abajo, durante la mayor parte de la película) repetidamente a lo largo de un año. Hablan de las realidades dolorosas y alegres de sus vidas: miedos y esperanzas, romances y abusos, debilidades y fortalezas. Visualmente impactante y extraordinariamente franca, llega a una autenticidad que pocas películas de ficción pueden captar plenamente. (En cines)
8. Godland (Hlynur Palmason)
Es el siglo XIX, y un joven sacerdote danés con mucha autoestima ha decidido liderar una iglesia en la remota Islandia (en aquella época una colonia danesa). Lo que descubre en las gélidas costas es un paisaje seductor que es totalmente indiferente a su existencia. Verlo desintegrarse cuando se enfrenta a la realidad de su vocación es a la vez trágico y oscuramente divertido, pero lo que prevalece es el significado más profundo: podemos planear todo lo que queramos para cambiar el mundo, pero el mundo suele ser más listo que nosotros. (Disponible en Criterion Channel)
9. La memoria infinita (Maite Alberdi)

El inquietante documental de Alberdi se centra en Augusto Góngora, uno de los periodistas culturales más famosos de Chile, y su esposa, Paulina Urrutia. Góngora vive con Alzheimer, y Alberdi establece un paralelismo entre su estado mental, que se deteriora lentamente, y su lucha durante toda su vida por preservar la historia y la memoria colectiva de Chile. Sin memoria, dice Góngora, estamos perdidos. Lo que lo ancla es el ferviente amor de Urrutia, un vínculo tan fuerte que puede resistir la tragedia, y hay lecciones allí para las naciones que desean borrar sus propios recuerdos. (Disponible en Paramount+)
10. Menus-Plaisirs – Les Troisgros (Frederick Wiseman)
Wiseman, el mejor cronista de instituciones de Estados Unidos, dirige su mirada de documental observacional hacia La Maison Troisgros, un restaurante con tres estrellas Michelin en Roanne, Francia, administrado por varias generaciones de la familia Troisgros. Aunque la comida parece deliciosa y los comensales son a menudo muy divertidos, la verdadera alegría de la película de Wiseman es su sutil entrelazamiento de un punto en todo esto. Las futuras generaciones de artistas, chefs, comensales y cultivadores dependen de que hoy en día exista un equilibrio entre la ganancia y el cultivo cuidadoso, ya sea en el funcionamiento de una cocina, en la forma de cultivar la uva o en el modo en que una familia planifica su negocio. Ese equilibrio es evidente a lo largo de la película, la cual es una delicia sensorial y que en ocasiones despliega un tacto casi de bailarín de ballet. (En cines)
Y no te pierdas: Cielo rojo (Christian Petzold), American Fiction (Cord Jefferson), American Symphony (Matthew Heineman), Anatomía de una caída (Justine Triet), Anselm (Wim Wenders), ¿Estás Ahí, Dios? Soy Yo, Margaret (Kelly Fremon Craig), Barbie (Greta Gerwig), BlackBerry (Matt Johnson), Eileen (William Oldroyd), Hojas de Otoño (Aki Kaurismaki), Las cuatro hijas (Kaouther Ben Hania), Los que se quedan (Alexander Payne), Secretos de un escándalo (Todd Haynes), Pobres criaturas (Yorgos Lanthimos), Priscilla (Sofia Coppola), The Royal Hotel (Kitty Green), Showing Up (Kelly Reichardt), The Starling Girl (Laurel Parmet), The Taste of Things (Tran Anh Hung), You Hurt My Feelings (Nicole Holofcener).
Fuente: The New York Times
