Los amigos son aquellos que nos sirven de testigos para convertir la cotidiana banalidad en algo sólido. Las cosas que hacemos y las cosas que nos pasan suceden siempre en compañía de otros y así se va constituyendo un patrimonio memorativo. La vida, al fin y al cabo, no está para contarla a los demás, sino para vivirla junto a ellos.
Cuando eres niño no tienes que llamar a tus amigos. Ni siquiera los eliges. El azar o los hados los escogen por ti y deciden que, en tu clase o en tu barrio, serán unos críos y no otros con los que toca compartir las horas. Todas las horas. El tiempo de ocio y de trabajo se confunde y con la amistad infantil se experimenta prácticamente todo. Las lecciones, los recreos o los juegos en el parque no requieren convocar a nadie. Los amigos de entonces, sencillamente, nos acompañaban siempre. Estaban. Tenían los mismos deberes que nosotros en la mochila y una mancha de barro igual en la rodillera del chándal.
Pero luego uno madura. Y madurar es tanto como empezar a elegir con quién se junta. Es una experiencia algo traumática cuando decidimos escoger compañía, pero hay algo bello en ese decir sí y también en la posibilidad de decir no. En la adolescencia se crean nuevos lazos, pero se rompen otros. Aquellos con quienes compartíamos aula o escalera dejan de ser nuestros favoritos y optamos por construir nuestro propio ejército. Es entonces cuando, por primera vez, sabemos que hemos sido soberanos en la amistad y que también nuestros compañeros tuvieron a bien escogernos a nosotros. A los amigos no siempre te los encontrabas causalmente y había que convocarlos ya a toque de silbato, telefonillo o SMS.
Fuente: Revistas Ethic
