Por: Layla Kinjawi Faraj
Según el escritor Gary Chapman, existen cinco lenguajes del amor: palabras de afirmación, tiempo de calidad, recibir regalos, contacto físico y obras de servicio.
Me gustaría añadir un sexto —llamémoslo “intimidad de WhatsApp”— para personas como mi familia ampliada y yo, que nos queremos con locura, pero, a causa de la guerra, no podemos estar juntos.
Somos de Siria. Cuando era pequeña, pasaba los veranos en Damasco —entre las casas donde vivieron mis padres cuando niños y el departamento que compraron cuando nacimos mi hermano y yo— y los inviernos en Estados Unidos, adonde habían emigrado.
Pero todo terminó de manera abrupta cuando estalló la guerra. Yo solo tenía 8 años y veía cómo mis padres se esforzaban para hablar por teléfono con los familiares que se habían quedado en Siria. Sus llamadas eran breves, concisas, a riesgo de ser engullidas por la ansiedad y lo indecible.
Lo primero que hice cuando me di cuenta de esta realidad fue recuperar el álbum de fotos que mi madre y yo hicimos del que resultaría ser nuestro último verano allí. Para mí, Siria había existido menos como país y más como una serie de casas pertenecientes a personas como mi tía, mi tío y el primo tercero de mi madre, a quien no le gustaba que te sentaras en los sofás con la ropa que usabas en la calle.
Cuando mi madre y yo miramos la última foto del álbum, en la que aparecemos mi padre, mi hermano y yo en el aeropuerto de Damasco en medio de nuestro montón de maletas, despidiéndonos de la cámara con la mano, se echó a llorar. No podíamos saber entonces cómo nos atormentarían nuestros juguetones gestos de despedida.
A medida que fue pasando el tiempo y la guerra se fue instalando en los huesos del país, nuestras familias comenzaron a necesitar una manera menos seria y más constante de mantenerse en contacto, que superara las limitaciones (y los silencios tensos) de las llamadas telefónicas. Así empezó nuestro chat familiar de WhatsApp.
Yo no participaba al principio; no tenía edad suficiente para tener mi propio teléfono. Pero recibía actualizaciones de mis padres, que me enseñaban las fotos y los videos que compartían los integrantes de la familia.
Por nuestra parte, mi madre y mi padre buscaban fragmentos de nuestras vidas en Estados Unidos que valiera la pena compartir: todo lo ordinario se convertía de repente en extraordinario. Nuestro viaje por carretera de Nueva Jersey a Massachusetts. El agujero en el calcetín de mi hermano que le dejaba un único círculo de suciedad en su pie.
Tomar esas fotos era una alegría; los detalles de nuestras vidas adquirían una mayor importancia. El hecho de que hubiera hecho puré un aguacate perfectamente maduro o dibujado una cara en nuestra caja de Kleenex merecía ser documentado. Ir al supermercado se convirtió en una búsqueda muy documentada, ya que grabábamos videos de los ingredientes de la cena de esa noche.
“¡Nos gustaría que estuvieran aquí con nosotros!”, decía mi madre en árabe, el idioma común de nuestra charla de grupo. “Yallah, vengan para que puedan comer un poco de esto. ¡Tenemos salsa!”.
Al cumplr 14 años, tuve mi propio teléfono y pude unirme al chat grupal de WhatsApp, un verdadero momento que marca la madurez para los hijos de la diáspora. Allí podía disfrutar de la presencia de mi familia siempre que quería, compartiendo mi día tanto como quería y apagando el teléfono cuando ya era suficiente.
Al principio pensé que tener un modo de conectar con mi familia sería divertido, pero con rapidez se convirtió en otra tarea de mi lista de tareas diarias: lavar los platos, doblar la ropa, enviar un nuevo y emocionante sticker al chat para comunicarles que, de hecho, no los he olvidado.
Si tienes familia, pero nadie puede verla, ¿existe realmente?
Esa era la pregunta que acechaba tras nuestras constantes respuestas, susurrada bajo el interminable zumbido de nuestros teléfonos. Había un miedo al olvido que se escondía en la clasificación de nuestros días y pensamientos interiores: no responder al grupo era quedarse congelado en el tiempo. Y aunque había momentos en los que me aburrían las conversaciones ordinarias que manteníamos, también comprendía que el aburrimiento era parte de la gracia: significaba que teníamos la suerte de contar con la seguridad de la rutina.
A veces mis tíos y tías llevaban la comunicación constante demasiado lejos, enviando fotos de sus piernas magulladas (por chocar con las mesas) o de sus narices ensangrentadas (por el calor seco), exhibiendo sus heridas bajo una iluminación perfecta. Otras veces miraba mis mensajes por la mañana y me encontraba una foto de un jugo derramado con la siguiente leyenda: “Se me acaba de caer el jugo 😦 ”.
Pero incluso esos momentos de dolor o torpeza, mi familia los convertía en un deseo de unión diciendo: “Que Dios nos vuelva a reunir para que pueda ayudarte a limpiar lo que derramas”. O: “Espero que un día estemos todos juntos para asegurarnos de que ninguno de nosotros vuelva a hacerse daño”. Los deslices y los errores se producían, según ellos, por falta del calor familiar. Nos faltaba su hechizo, su protección, sus poderes reparadores.
Cuando más miembros de la familia pudieron escapar de Siria, y se instalaron en Turquía, Canadá y Arabia Saudita, nuestra charla de grupo se transformó en un lugar donde celebrar bodas, baby showers y funerales. Cuando mi prima se casó en Estados Unidos, ella y su esposo se turnaron para “bailar” con su madre en Siria, girando en la pantalla al ritmo de la música, que crepitaba y chisporroteaba a través del altavoz del iPad hasta llegar a la casa de su infancia.
Cuando otra prima dio a luz, vio cómo su hija llegaba a conocer a los abuelos como personas que podían conjurarse y colocarse sobre mesas, dejarse caer y desconectarse. Cuando murió mi tío, quedó congelado durante días como su último mensaje, una foto de su gato echando la siesta sobre la ropa limpia, antes de que la avalancha de nuevas conversaciones lo apartara de la vista.
Cuando llegó la pandemia, la cual obligó a todos a encerrarse en casa, gran parte del mundo recurrió a FaceTime, iMessage, Zoom y WhatsApp para jugar en línea, ver películas juntos, probar cosas nuevas y documentar sus experiencias.
En los primeros meses de aislamiento, entre preguntas del tipo “¿Qué haces para estar conectado?”, que se planteaban continuamente en mis sesiones de Zoom de la secundaria, recordé todas las veces que en los últimos 11 años había tenido que aprender lo que significaba hacer de internet un hogar. Como cuando mi primo y yo teníamos 12 años y quisimos jugar a un juego de mesa a través de Skype, en un desesperado intento por recrear las noches de juegos que una vez habíamos celebrado como rutina en Siria.
Cada uno con un tablero, nos movíamos y matamos a los jugadores del otro, creando dos partidas del mismo juego. Cuando íbamos por la mitad, mi madre entró en escena y dijo que Skype había invertido la pantalla. “En realidad no están jugando al mismo juego”, dijo riendo, y tanto mi primo como yo plegamos nuestros tableros y terminamos la llamada.
Mientras otros intentaban encontrar un sustituto para sus besos y abrazos, o para las noches que pasaban cocinándose la cena unos a otros durante la cuarentena, nosotros seguíamos haciendo lo que llevábamos años aprendiendo a hacer: crónicas de nuestras vidas en casa en WhatsApp, encontrando amor familiar en los aspectos más mundanos de nuestros días.
Sabíamos que seguir conectados no consistía tanto en ansiar encontrar algo que decir a los demás como en llevarlos contigo mientras vivías tu vida, buscándolos en el jugo derramado y arañas vasculares.
Si amar es una necesidad humana, yo he satisfecho esa necesidad en mi mundo desconectado mediante imágenes de fragmentos de libros y narices sangrantes, textos sobre nacimientos y defunciones, preguntas sobre qué programa de televisión ver y por qué una olla a presión es mejor que otra.
Y he satisfecho las necesidades de otros, muy distantes, pensando en ellos mientras transcurren mis días, en lo que experimento, siento y creo. Documentando mi vida para ellos. Llevándolos conmigo.
Si amar es una necesidad humana, entonces mi experiencia del amor sonará para siempre como ponerme los auriculares durante un viaje en autobús y escuchar los mensajes de voz de mi tía, sabiendo que estaba profundamente dormida en su lado del mundo. Siempre tendrá el sabor de los almuerzos escolares que fotografiaba y compartía, sin importar lo poco apetecibles que me resultaban mientras los comía. Y olerá para siempre como los zapatos gastados sobre los que envío mensajes de texto, cuyas suelas se deshicieron a mitad de camino, o como el café arábigo del que mi tío me envía calcomanías, deseándome buenos días a mi una de la mañana.
Si amar es una necesidad humana —y sé que lo es—, entonces se parece fielmente al chat de mi grupo familiar de WhatsApp: sin filtros, generoso, caótico, aburrido y, en muchos sentidos, un acto de fe.
Fuente: The New York Times
